Ivanhoe
Ivanhoe —¿No habĂ©is oĂdo, Dennet —le decĂa un palurdo a otro más avanzado en años—, que el diablo ha cargado en cuerpo y alma con el señor sajĂłn, Athelstane de Coningsburgh?
—¿CĂłmo has dicho? —dijo un joven espabilado que vestĂa una casaca verde bordada en oro y que tenĂa a sus pies a un mozarrĂłn con un arpa que delataba su oficio. El juglar no era un hombre vulgar, porque, además del lujo de su bordada casaca, llevaba alrededor del cuello una cadena de plata de la cual pendĂa una llave para afinar el instrumento.
En su brazo derecho habĂa un disco de plata y en Ă©l no llevaba inscrito, como era lo usual, el nombre del barĂłn a quien pertenecĂa, sino la palabra «Sherwood».
—¿QuĂ© habĂ©is querido decir con esto? —decĂa el alegre juglar, mezclándose en la conversaciĂłn de los campesinos—. He venido en busca de tema para una balada y, por la Virgen, que mucho me placerĂa encontrar dos.
—Es bien sabido —dijo el campesino más viejo— que Athelstane de Coningsburgh estuvo muerto durante semanas.
—Esto es imposible —dijo el juglar—. Yo le vi vivito y coleando en el paso de armas de Ashby-de-la-Zouche.