Ivanhoe
Ivanhoe —Te hago saber, Allan-a-Dale —dijo el ermitaño—, que vi a Athelstane de Coningsburgh con tan clara vista como nunca tuvo un ser humano. Llevaba puesto su sudario y todo a su alrededor olÃa a sepulcro. No conseguirÃa borrarlo de mi memoria ni siquiera bebiendo todo un pellejo de vino rancio.
—Bromeas o quieres tomarme el pelo —contestó el juglar.
—No me creas —dijo el fraile—. Pero le aticé tal golpe con mi partesana que muy bien hubiera sido capaz de derribar un buey, ¡y pasó a través de su cuerpo como si fuera una columna de humo!
—¡Por san Hubert! —dijo el juglar—. Se trata de un cuento maravilloso y adecuado para ser adaptado a la antigua melodÃa La pena cayó sobre el fraile.
—Puedes reÃrte, si quieres —decÃa fray Tuck—. Pero antes de que puedas oÃrme cantar ese tema podrán llevárseme todos los espÃritus o diablos que me visiten la próxima vez. No, no; solamente he venido para presenciar un buen trabajo, como quemar una bruja o la celebración de un juicio de Dios o algún otro servicio divino de la especie y, por lo tanto, aquà estoy.