Ivanhoe
Ivanhoe Mientras así conversaban, la pesada campana de la iglesia de san Miguel de Templestowe, un venerable edificio situado sobre una colina a alguna distancia del preceptorio, empezó a desgranar sus sones. Uno por uno caían sucesivamente los desolados sones en los oídos, dejando suficiente espacio para que cada uno de ellos se perdiera antes de que el aire fuera de nuevo llenado por el siguiente tañido cuyo eco, a su vez, moría en la distancia. Estos sones, que anunciaban la próxima ceremonia, hacían estremecer de angustia los corazones de los concurrentes, cuyos ojos estaban ahora vueltos hacia el preceptorio, esperando la salida del gran maestre, del campeón y de la criminal.
Por fin cayó el puente levadizo, se abrieron las puertas y un caballero portador del estandarte de la Orden salió del castillo precedido por seis trompeteros y seguido por los caballeros preceptores, de dos en dos, siendo el último el gran maestre, montado en un soberbio caballo cuyos arneses eran de lo más sencillo. Detrás venía Brian de Bois-Guilbert armado de la cabeza a los pies, enfundado en una brillante armadura, pero sin lanza, escudo ni espada, que llevaban dos escuderos. Su cara, aunque medio tapada por una larga pluma que pendía de su casco, tenía una indefinida expresión apasionada, en la cual el orgullo parecía luchar con la indecisión.