Ivanhoe
Ivanhoe La creencia general era que nadie acudiría a defender a una judía acusada de hechicería, y los caballeros, instigados por Malvoisin, murmuraban entre sí que ya era llegada la hora de dar por terminado el plazo concedido a Rebeca. En este momento un caballero, obligando a su caballo a galopar a toda velocidad, apareció en la llanura dirigiéndose a la liza. Cien voces exclamaron a un tiempo: «¡Un campeón! ¡Un adalid!». Y a pesar de la predisposición y de los prejuicios de la multitud, todos gritaron unánimemente cuando el caballero entró en el cercado. Sin embargo, a la segunda mirada que le dirigieron se desvaneció toda la esperanza que su llegada había despertado. Su caballo, agotado por tantas millas de excesiva velocidad, parecía derrumbarse de fatiga, y el jinete, aunque al presentarse en liza ya demostraba su valor, fuera por debilidad, por las preocupaciones o por el cansancio, parecía tener muchas dificultades en sostenerse en la silla.
A requerimientos del heraldo, que le preguntó su rango, su nombre y sus intenciones, el caballero contestó firmemente y con resolución: