Ivanhoe
Ivanhoe —SÃ, te acepto —dijo ella—, te acepto —musitó con una emoción que el miedo a la muerte no habÃa conseguido provocar—. Te acepto como el campeón que me ha mandado el cielo. Pero, no…, no. Tus heridas están abiertas. No te enfrentes a ese hombre orgulloso. ¿Por qué tendrÃas que morir tú también?
Pero Ivanhoe ya habÃa ocupado su puesto, cerrando su visor y cogiendo la lanza. Bois-Guilbert hizo lo mismo y su escudero notó al cerrar su visor que su rostro, hasta el momento pálido debido sin duda a las encontradas emociones del dÃa, habÃa enrojecido de repente.
Entonces el heraldo, viendo a cada campeón en su sitio, alzó la voz y repitió tres veces: ¡«Faites vos devoirs, preux chevaliers»!. Después del tercer grito se retiró a un lado del palenque y proclamó de nuevo que nadie, bajo pena de muerte instantánea, se atreviera a impedir o a intervenir por palabra, grito o acción este limpio combate. El gran maestre, que sostenÃa en su mano la prenda de desafÃo, o sea, el guante de Rebeca, lo tiró al palenque y pronunció la fatal señal con las palabras: «Laissez aller».