Ivanhoe
Ivanhoe —Tan fuertes como las nieves de diciembre ante el sol de julio —dijo el conde—. Se están dispersando, ¿y quién crees que vino a darnos la noticia sino el mismÃsimo Juan en persona?
—¡El traidor! ¡El insolente traidor desagradecido! —decÃa Ivanhoe—. ¿No ordenó Ricardo su encierro?
—¡Oh! Le recibió como si se encontraran después de una alegre partida de caza y, señalándome a mà y a mis soldados, dijo: «Ya ves, hermano mÃo, que van conmigo algunos hombres irritados. Mejor será que vayas con nuestra madre, le lleves el testimonio de mi afecto filial y permanezcas junto a ella hasta que se calmen los ánimos».
—¿Esto fue todo lo que dijo? —quiso saber Ivanhoe—. ¿Nadie puso en su conocimiento que, obrando asÃ, con su clemencia invita a la traición?
—Exactamente del mismo modo —replicó el conde—, como podrÃa decirse que alguien invita a la muerte al comprometerse en un combate cuando una peligrosa herida no está aún cerrada.
—Os perdono la broma, señor conde —dijo Ivanhoe—. Pero, recordad: yo he expuesto mi vida solamente, Ricardo el bienestar de su reino.