Ivanhoe
Ivanhoe Y dándole ahora prisas a su hija, la sacó del palenque y la trasladó y se puso a salvo en casa del rabino Nathan.
Habiéndose retirado la judía que había sido la protagonista de los sucesos del día, la atención del populacho se dirigió al Caballero Negro. Ahora llenaban los aires con sus gritos:
—¡Viva Ricardo Corazón de León y abajo los templarios usurpadores!
—A pesar de toda lealtad de labios afuera —le decía Ivanhoe al conde de Essex—, no fue mala cosa que el rey tomara la precaución de traeros con él, noble conde, y a tantos de vuestros fieles seguidores con vos.
El conde sonrió y sacudió la cabeza.
—Gallardo Ivanhoe, ¡tan bien como conoces a tu amo y todavía le crees capaz de tomar tal precaución! Me dirigía a York, pues tenía noticia de que el príncipe Juan se dirigía también allí, y entonces topé con el rey Ricardo, que como un verdadero caballero andante galopando hacia acá para hacerme cargo personalmente de esta aventura del templario y la judía con la sola fuerza de su brazo. Le di escolta con mi compañía de soldados casi a su pesar.
—¿Y qué noticias hay de York, bravo conde? —preguntó Ivanhoe—. ¿Se harán fuertes allí los rebeldes?