Ivanhoe
Ivanhoe —No será asà —dijo Rebeca—. ¡Oh, no! No… No. No debo atreverme a hablar con él en este momento. ¡Ay!, dirÃa más de lo… No, padre mÃo, abandonemos al instante este lugar de infortunio.
—Pero, hija mÃa —decÃa Isaac—, ¿asà hemos de dejar a aquél que se ha presentado como tu hombre fuerte con lanza y escudo, teniendo en nada su vida, para redimirte del cautiverio? Siendo tú, además, hija de un pueblo extraño a él y a los suyos, esta clase de servicios deben ser agradecidos debidamente.
—Los reconozco y agradezco con toda devoción —decÃa Rebeca—. No podrÃa ser de otro modo. Pero ahora no…, en memoria de tu amada Raquel, padre, complace esta petición mÃa. ¡Ahora no!
—Pero —decÃa Isaac insistiendo— nos van a considerar más desagradecidos que los mismos perros.
—Pero es que no te das cuenta, querido mÃo, de que el rey Ricardo está presente y que…
—¡Cierto, inmejorable y prudente Rebeca mÃa! ¡Marchemos de aquÃ, marchemos! Está falto de dinero, ya que acaba de regresar de Palestina y, según dicen de la prisión, ¡y no le hará falta ningún pretexto para quitármelo aunque sea sacando a relucir mis modestos tratos con su hermano Juan! ¡Vamos, salgamos de este lugar!