Ivanhoe

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Con estas palabras y sin esperar ninguna respuesta, el gran maestre dio la señal de partida. Las trompetas tocaron la marcha salvaje de carácter oriental que era la señal de avance usada por los templarios. Rompiendo las líneas formaron una columna de marcha y se pusieron en movimiento tan despacio como permitía la andadura de sus caballos, cual si quisieran dar a entender que no era el miedo a unas fuerzas superiores en número, sino únicamente la voluntad del gran maestre, lo que les hacía retirarse.

—¡Por la luz de la frente de Nuestra Señora! —exclamó el rey Ricardo—. Lástima grande es que estos templarios no sean tan de fiar como son valientes y disciplinados.

La multitud, como un tímido chucho que espera a que el objeto de su desafío haya vuelto la espalda para ladrar, gritó débilmente cuando la retaguardia del último escuadrón abandonó el palenque.

Durante la confusión que originó la retirada de los templarios, Rebeca no vio ni oyó nada. Estaba aprisionada por los brazos de su anciano padre, rígida y casi exhausta. Pero una palabra de Isaac la hizo volver finalmente en sí:

—Vamos, querida hija, mi tesoro recobrado. Vamos a echarnos a los pies del buen mancebo.


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