Ivanhoe

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El conde de Essex, cuando vio que se detenían al estar reunidos, picó espuelas a su caballo y galopó adelante y atrás para disponer a sus seguidores ante tan formidable compañía. Ricardo, solo, como si amara el peligro que su presencia había provocado, cabalgó despacio a lo largo de la primera línea de templarios, gritando a grandes voces:

—¡Qué, señores! ¿Entre tantos gallardos caballeros no se encontrará uno que quiera romper una lanza con Ricardo? ¡Señores del Temple! ¡Vuestras damas no son más que campesinas quemadas por el sol si no merecen que se quiebre una lanza por ellas!

—Los hermanos del Temple —dijo el gran maestre, poniéndose a la cabeza de sus fuerzas— no se mezclan en tan ociosas y profanas querellas. Y en mi presencia ningún caballero templario cruzará la lanza contigo, Ricardo de Inglaterra. El Papa y los príncipes de Europa serán jueces de nuestra disputa y dirán si un príncipe cristiano ha obrado justamente al defender la causa que hoy habéis adoptado. Si no somos atacados, sin atacar saldremos. A tu honor confío las armas y los bienes domésticos de nuestra casa que detrás de nosotros quedan, y a tu conciencia dejamos el escándalo y la ofensa que en el día de hoy has inferido a la cristiandad.


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