Ivanhoe
Ivanhoe —¿Permanecer como huésped en la casa que yo deberÃa gobernar? —exclamó el templario—. ¡Nunca! Capellanes, entonad el salmo quare fremuerunt gentes. Caballero, escuderos y partidarios del sagrado Temple, ¡preparaos a seguir la bandera de Beau-seant!
El gran maestre habló con una dignidad que corrÃa pareja con la del propio rey, e infundió valor a sus sorprendidos y descorazonados partidarios. Se agruparon a su alrededor como el rebaño de ovejas alrededor del perro guardián cuando oye los aullidos del lobo. Pero en ellos no aparecÃa la timidez propia de un rebaño atemorizado. Sus rostros sombrÃos expresaban el desafÃo y sus miradas exteriorizaban la amenazadora hostilidad que no se atrevÃan a formular con palabras. Las oscuras lanzas formaban una masa compacta en la cual destacaban las blancas capas de los caballeros contrastando con los negros atavÃos de sus servidores como los bordes más claros de una negra nube. La multitud, que habÃa levantado un gran clamor de insultos, quedó en silencio mientras contemplaba el formidable y experimentado cuerpo de ejército cuyo desafÃo siempre habÃa evitado, retrocediendo ante sus ataques frontales.