Ivanhoe
Ivanhoe —Señora —dijo Rebeca—, no lo dudo. Pero las gentes de Inglaterra son una raza orgullosa, en constante disputa con sus vecinos o entre ellas, y siempre dispuestas a hundir la espada en el vientre del prójimo. Éste no es refugio seguro para los hijos de mi pueblo. Efraim es una paloma sin corazón. Isacar un miserable sobrecargado de trabajo, un ganapán, agobiado por dos pesados fardos. En una tierra de guerra y sangre, rodeada de enemigos hostiles y dividida en su interior por facciones enemigas, Israel no puede esperar descanso en su larga peregrinación.
—Pero, vos, doncella —dijo Rowena—, con toda seguridad no tenéis nada que temer. Aquélla que estuvo a la cabecera del lecho del enfermo Ivanhoe —continuó, levantándose con entusiasmo— no tiene nada que temer en Inglaterra, donde sajones y normandos disputarán para dirimir quién de ellos le honra más.
—Vuestro discurso ha sido bello, señora —decÃa Rebeca—, y más todavÃa su intención; pero no puede ser… Nos separa una inmensidad. Nuestra educación, nuestra fe nos prohÃben a ambos cruzarlas. Adiós…, sin embargo, antes de partir, concededme una petición. El velo de novia cubre vuestra cara, dignaos levantarlo para que pueda contemplar las facciones de las cuales tan alto habla la fama.