Ivanhoe
Ivanhoe —Casi no vale la pena de ser contempladas —dijo Rowena—. Pero esperando que mi visitante hará lo mismo, levanto mi velo.
Se despojó del velo y, en parte por ser consciente de su propia belleza y en parte por pudor, enrojeció con tal intensidad que sus mejillas, frente, cuello y pecho se tiñeron de rosa. También se ruborizó Rebeca, pero fue algo momentáneo y, dominado por más altas emociones, el rubor pasó sobre sus facciones como la nube carmesà que cambia de color cuando el sol se hunde en el horizonte.
—Señora, el rostro que os habéis dignado mostrarme permanecerá mucho tiempo en mi memoria. Reinan en él la gentileza y la bondad, y si hay en él un ápice de orgullo y de vanidad mundanos, ¿cómo podremos reprochar al que está hecho de tierra que conserve su color original? Mucho, mucho tiempo recordaré vuestras facciones y bendigo a Dios por dejar a mi noble libertador unido a…
Se detuvo súbitamente con los ojos llenos de lágrimas. Las enjugó a toda prisa y contestó a las ansiosas preguntas de Rowena:
—Me encuentro bien, señora… Pero mi corazón sufre cuando me acuerdo de Torquilstone y de las lizas de Templestowe. Adiós. Sólo me queda por cumplir la más trivial de mis obligaciones. Aceptad este cofrecillo y no os asombréis de su contenido.