Ivanhoe
Ivanhoe Rowena abrió el cofrecillo revestido de plata y pudo ver una gargantilla o collar, acompañado de unos pendientes de diamantes, sin duda de inmenso valor.
—Es imposible —dijo, devolviendo el cofrecillo—. No me atrevo a aceptar un obsequio de tanto valor.
—A pesar de todo, guardadlo, señora —replicó Rebeca—. Tenéis poder, rango, autoridad, influencia; nosotros tenemos la riqueza que es el origen de nuestra fuerza y de nuestra debilidad. El valor de estas bagatelas multiplicado por diez conseguirÃa menos que vuestro menor deseo. Por lo tanto, para vos el obsequio es de poco valor, y para mÃ, ya que de él me desprendo, tiene todavÃa menos. No permitáis que piense que consideráis tan miserable y mezquina a mi nación como la considera la gente común. ¿Creéis que valoro estos fragmentos brillantes de una piedra por encima de mi libertad? ¿O que mi padre se atreve a compararlos al honor de su única hija? Aceptadlo, señora, para mà carecen de valor. Nunca más llevaré joyas.
—Entonces, ¿no sois feliz? —preguntó Rowena, conmovida con el tono con que habÃa pronunciado estas últimas palabras—. ¡Oh, quedaos con nosotros, los consejos de nuestros eclesiásticos os librarán de los errores de vuestra ley y yo seré vuestra hermana!