Ivanhoe
Ivanhoe —Vuestro desafÃo pronto tendrÃa una respuesta —replicó el peregrino— si pudiera oÃros vuestro antagonista. Tal como están las cosas, no turbemos la paz de esta morada con el resultado de una pelea que vos sabéis no puede celebrarse. Si alguna vez Ivanhoe regresa de Palestina os puedo garantizar que ya sabrá encontraros.
—Buena seguridad garantizáis —dijo el caballero templario—. Pero ¿qué fianza depositáis?
—Este relicario —dijo el peregrino extrayendo de su pecho una cajita de marfil, mientras se santiguaba—, que contiene una astilla de la Santa Cruz procedente del monasterio del Monte Carmelo.
El prior de Jorvaulx también se santiguó y rezó un padrenuestro, que devotamente acompañaron los presentes, excepción hecha del judÃo, los mahometanos y el templario; este último, sin descubrirse ni dar ninguna muestra de respeto y devoción ante la supuesta santidad de la reliquia, arrancó de su cuello una cadena de oro y la arrojó sobre la mesa, diciendo:
—Que el prior Aymer sea el guardián de mi apuesta y de la de este anónimo vagabundo en prenda de que cuando el caballero Ivanhoe llegue a Inglaterra, a través de cualquiera de sus cuatro mares, sostendrá el reto de Brian de Bois-Guilbert y, si no lo mantiene, yo proclamaré su cobardÃa dentro de los muros de todos los castillos templarios de Europa.