Ivanhoe
Ivanhoe Sea como sea, el prior debía tener sus buenas razones para perseverar en el camino de la abstinencia que había adoptado. No sólo como monje era mediador y hombre bueno en las discusiones, sino también porque se lo dictaba su temperamento, ya que odiaba las disputas y las bravatas de toda especie. Sin embargo, en esta ocasión no se trataba de aprecio por su vecino de mesa, ni de amor a sí mismo, sino de una aprensión instintiva contra el carácter del orgulloso sajón. También comprendió que el temperamento soberbio de que había dado muestras su compañero templario podría a la larga producir alguna explosión. Por lo tanto optó por insinuar cortésmente que ningún nativo de otro país podría nunca competir con un sajón fuerte y arrojado en los combates con las jarras de vino. Refiriéndose de pasada al carácter sagrado de su oficio, terminó insistiendo en su proposición de retirarse a descansar.
Como es debido, se sirvió la ronda de despedida y los huéspedes, después de rendir pleitesía al dueño de la casa y lady Rowena, se levantaron y bajaron a la sala, mientras los principales de la casa se retiraban a sus aposentos por puertas separadas, en compañía de sus sirvientes.
—Perro descreído —espetó el templario a Isaac el judío al llegar a su altura—, ¿te diriges también al torneo?