Quintín Durward

Quintín Durward

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—Hablas como un niño veleidoso —dijo Le Balafré—, y aun como niño, insistes en los mismos temas desde puntos de vista diferentes. Mira: si el rey emplea a Oliver Dain, su barbero, para hacer lo que Oliver puede hacer mejor que ninguno de los pares, ¿no es el rey el ganancioso? Si pide a su fornido capitán-preboste, Tristán, que arreste a tal o cual vecino sedicioso, que se apodere de tal o cual noble turbulento, el hecho se realiza, y se acabó; mientras que si la comisión fuese dada a un duque o par de Francia, quizá correspondiese éste desafiando al rey. Si, de nuevo, al rey le agrada dar al sencillo Ludovico Le Balafré una comisión que éste ejecuta, en lugar de emplear al gran condestable, que quizá la traicione, ¿no demuestra en ello sabiduría? Sobre todo, ¿no conviene mejor un monarca de estas condiciones a caballeros de fortuna, que pueden acudir adonde mejor sean apreciados sus servicios y en donde con más frecuencia sean requeridos? No, no, niño; te digo que Luis sabe cómo escoger sus confidentes y qué encargarles, sabiendo adjudicar a cada uno lo suyo. No es como el rey de Castilla, que se ahogaba de sed porque el gran despensero no estaba junto a él para alargarle su copa. Pero oigo la campana de San Martín. Debo volver de prisa al castillo. Adiós, que te cuides, y mañana a las ocho de la mañana preséntate delante del puente levadizo y pregunta al centinela por mí. ¡Ten cuidado de no desviarte de la senda frecuentada al aproximarte al pórtico! Hay tales trampas y atrapapiernas, que podía costarte una, que perderías lastimosamente. Verás al rey y aprenderás a juzgarle por ti mismo; adiós.


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