Quintín Durward
Quintín Durward Reflexionó en su entrevista con su tío con un sentimiento de perplejidad y desengaño. Sus esperanzas habían sido muchas, pues aunque no cruzaba cartas con su tío, un peregrino, o un traficante aventurero, o un soldado tullido traían de vez en cuando referencias de Lesly a Glen Houlakin, y todas se mostraban conformes en alabar su indomable valor y sus triunfos en muchas empresas que su amo le había confiado. La imaginación de Quintín se había representado el cuadro a su modo y equiparado a su afortunado y venturoso tío (cuyas hazañas no resultarían probablemente rebajadas en el relato) a alguno de los campeones y caballeros andantes que cantan los trovadores y que ganan coronas o hijas de reyes con la ayuda de la espada y de la lanza. Se veía ahora obligado a clasificar a su pariente en nivel inferior en la escala de los caballeros; pero ofuscado por el respeto debido a los padres y a los que se les aproximan en parentesco —inclinado a su favor por tempranos prejuicios—, sin experiencia además, y apasionado por la memoria de su madre, no vio en el único hermano de esta persona tan querida cuál era su verdadero carácter, que no era otro que el de un común soldado mercenario, ni peor ni mejor que muchos de análoga profesión cuya presencia contribuía al estado revuelto de Francia.