Quintín Durward
Quintín Durward Sin ser sanguinariamente cruel, era indiferente Le Balafré, por costumbre, a la vida humana y a los sufrimientos de los mortales; era profundamente ignorante, ansioso de botín, poco escrupuloso en cuanto a los medios de adquirirlos, y liberal para gastarlo en la satisfacción de sus pasiones. El hábito de atender exclusivamente a sus propias necesidades o intereses le había convertido en uno de los animales más egoístas del mundo, de modo que apenas era capaz, como el lector habrá observado, de meterse a fondo en ningún asunto sin pensar lo que ganaría en él. A esto debe agregarse que el círculo limitado de sus deberes y sus placeres había gradualmente reducido sus pensamientos, esperanzas y deseos, y apagado en cierto modo su espíritu independiente en busca de honores y su deseo de distinguirse en hechos de armas, que en otros tiempos animaban su juventud. Balafré era, en una palabra, un soldado activo, endurecido, egoísta y de poca inteligencia; atrevido y dispuesto para el cumplimiento de su deber, aunque conociendo pocos asuntos aparte de éste, excepto el cumplimiento formal de una devoción sencilla, aliviada con alguna francachela ocasional con el hermano Bonifacio, su camarada y confesor. Si su talento hubiese sido de carácter más general probablemente hubiera sido promovido a algún cargo importante, pues el rey, que conocía personalmente a cada soldado de su guardia, tenía mucha confianza en el valor y fidelidad de Balafré; y además el escocés tenía la bastante sabiduría o astucia para comprender perfectamente las peculiaridades de ese soberano. Con todo, su capacidad era demasiado limitada para admitir su ascenso a categoría superior, y aunque alabado y favorecido por Luis en muchas ocasiones, Balafré continuó siendo un mero guardián de vida o arquero escocés.