QuintÃn Durward
QuintÃn Durward Sin alcanzar a comprender el verdadero carácter de su tÃo, QuintÃn se sorprendió de su indiferencia por el aniquilamiento catastrófico de toda la familia de su cuñado, y no pudo dejar de sorprenderse de que un pariente tan cercano no le ofreciese el auxilio de su dinero, pues, a no haber sido por la generosidad de maese Pedro, se hubiera visto en la necesidad de pedÃrselo descaradamente. Hizo a su tÃo la injusticia de suponer que esta falta de atención a sus necesidades probables era debida a la avaricia. Como en aquel momento no le precisaba dinero a Balafré, no se le ocurrió que su sobrino pudiese necesitarlo; por otra parte, consideraba a un pariente cercano como una cosa tan suya, que hubiera hecho lo posible por la felicidad de su sobrino vivo como habÃa tratado de hacer con la hermana difunta y su marido. Pero por el motivo que fuese el descuido era muy desagradable para el joven Durward, y más de una vez echó de menos no haber entrado al servicio del duque de Borgoña antes de pelearse con su guardabosque. «Como quiera que me hubiese ido —pensó para s×, siempre me hubiera podido consolar con la reflexión de que en el caso de salirme mal las cosas tenÃa un amigo de verdad en la persona de mi tÃo. Pero ya le he visto, y ¡ay de mÃ!, he encontrado más ayuda en un simple desconocido comerciante que en el propio hermano de mi madre, mi paisano y un caballero. Se dirÃa que la cuchillada que ha borrado todo atractivo a su rostro ha sido causa de que se vaya de su cuerpo toda gota de sangre noble».