Quintín Durward

Quintín Durward

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—Es mi sobrino —dijo Balafré con aire triunfante.

—Pero no es arquero de la Guardia, creo —replicó Tristán l’Hermite.

Los arqueros se miraron un poco desconcertados.

—Resistámonos aún, camarada —murmuró Cunningham a Balafré—. Diga que está en el servicio como nosotros.

—¡San Martín!, dice usted bien, buen paisano —contestó Lesly.

Y elevando la voz, juró que aquel día había inscrito a su pariente como soldado de su compañía.

Esta declaración fue un argumento contundente.

—Está bien, caballeros —dijo el preboste Tristan, que sabía la aprensión nerviosa del rey respecto a una posible deslealtad que se incubase entre sus arqueros—. Conocéis, como decís, vuestros privilegios, y no es mi deber seguir disputando con los arqueros del rey. Pero informaré de este asunto al rey para que decida, y quiero que sepáis que, al obrar así, obro con más suavidad de lo que me exige el deber mío.

Diciendo esto puso en marcha su tropa, mientras los arqueros, que permanecieron en donde se encontraban, tuvieron una consulta rápida para saber lo primero que tenían que hacer.


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