Quintín Durward

Quintín Durward

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Capítulo VII

El ingreso en el servicio

Juez de Paz.— Entréguenme el Estatuto;

lea los artículos; jure, bese el libro, firme y sea un héroe;

cobrará parte del Erario público

por futuros hechos valerosos:

Seis peniques por día, alimentos y deudas.

El oficial de la recluta.

Habiéndose apeado uno de los arqueros, Quintín Durward se acomodó en su caballo y, en compañía de sus marciales paisanos, cabalgó a buen paso hacia en castillo de Plessis para ser, aunque involuntariamente por su parte, un habitante de esa tenebrosa fortaleza cuyo aspecto exterior tanto le había sorprendido aquella mañana.

Mientras tanto, y en respuesta a las repetidas preguntas de su tío, le dio detallada cuenta del accidente que en tan grave aprieto le había puesto aquella mañana. Aunque él por su parte no vio en su narración más que su aspecto sentimental, fue ésta recibida con mucha broma por su escolta.

—Y no es para menos —dijo su tío—; ¿pues a quién se le ocurre hacerse cargo del cuerpo de un maldito incrédulo, pagano, judío, morisco?

—Si se hubiese peleado con la escolta del preboste por alguna linda moza, como hizo Miguel de Moffat, la cosa se hubiera explicado —dijo Cunningham.


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