QuintÃn Durward
QuintÃn Durward El ingreso en el servicio
Juez de Paz.— Entréguenme el Estatuto;
lea los artÃculos; jure, bese el libro, firme y sea un héroe;
cobrará parte del Erario público
por futuros hechos valerosos:
Seis peniques por dÃa, alimentos y deudas.
El oficial de la recluta.
Habiéndose apeado uno de los arqueros, QuintÃn Durward se acomodó en su caballo y, en compañÃa de sus marciales paisanos, cabalgó a buen paso hacia en castillo de Plessis para ser, aunque involuntariamente por su parte, un habitante de esa tenebrosa fortaleza cuyo aspecto exterior tanto le habÃa sorprendido aquella mañana.
Mientras tanto, y en respuesta a las repetidas preguntas de su tÃo, le dio detallada cuenta del accidente que en tan grave aprieto le habÃa puesto aquella mañana. Aunque él por su parte no vio en su narración más que su aspecto sentimental, fue ésta recibida con mucha broma por su escolta.
—Y no es para menos —dijo su tÃo—; ¿pues a quién se le ocurre hacerse cargo del cuerpo de un maldito incrédulo, pagano, judÃo, morisco?
—Si se hubiese peleado con la escolta del preboste por alguna linda moza, como hizo Miguel de Moffat, la cosa se hubiera explicado —dijo Cunningham.