QuintÃn Durward
QuintÃn Durward —SÃ, querido sobrino —contestó su tÃo irónicamente—, para que nos des el gusto de pescarte en algún canal o foso o quizá de algún remanso del Loira, atado en un saco, para mayor facilidad para nadar, pues ése es el fin que te esperaba. El capitán-preboste se sonrió al tiempo de partir —continuó, dirigiéndose a Cunningham—, y eso indica que sus pensamientos son peligrosos.
—No le temo —dijo Cunningham—; estamos fuera de su alcance. Pero yo de ti se lo contarÃa todo a Oliver, que siempre fue buen amigo de la Guardia escocesa, y verá al padre Luis antes que el preboste, pues mañana tiene que afeitarle.
—Pero escucha —dijo Balafré—, no podemos darle nada por el encargo, pues me encuentro sin una mala moneda.
—Asà estamos todos —dijo Cunningham—. Oliver no debe sentir escrúpulos de creer en nuestra palabra escocesa por una vez. Reuniremos algo decente entre todos el primer dÃa de paga, y si espera algo, dile que el dÃa de paga vendrá lo antes posible.
—Y ahora hacia el castillo —dijo Balafré—, y mi sobrino nos contará por el camino lo que pasó entre él y el preboste para saber cómo presentar nuestro informe, tanto a Crawford como a Oliver[17].