Quintín Durward

Quintín Durward

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—Pero creo que atañe a nuestro honor que Tristán y los suyos pretendan confundir nuestras gorras escocesas con las tocques y turbands de esos rateros vagabundos, como ellos los llaman —dijo Lindesay—. Si no tienen ojos para ver la diferencia, deben aprender para lo sucesivo. Pero me parece que Tristán quiere equivocarse para echar el guante a los simpáticos escoceses que cruzan el mar para ver a sus parientes.

—¿Puedo saber, pariente —dijo Quintín—, qué clase de gente es ésta de que habláis?

—Comprendo tu curiosidad —dijo su tío— pero no sé quién, querido sobrino, sea capaz de contestar a tu pregunta. Ni yo mismo puede ser, pues no sé más que los demás. Han aparecido en esta tierra hace un año o dos como lo hacen las plagas de langosta[18].

—¡Ay! —dijo Lindesay—, y a Jacques Bonhomme (ése es el nombre que damos a nuestro campesino, joven; poco a poco aprenderá nuestros giros de lenguaje), al honrado Jacques, digo, le importa poco qué viento trae a éstos o a la langosta, y sólo ansía cualquier viento que se los pueda llevar de nuevo.

—¿Hacen tanto mal? —preguntó el joven.

—¿Mal? ¡Cómo, muchacho! Son paganos, o judíos, o mahometanos por lo menos, y no adoran ni a Nuestra Señora ni a los santos —santiguándose al decir esto.

—Y roban todo lo que pueden, y cantan, y echan la buenaventura —añadió Cunningham.


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