QuintÃn Durward
QuintÃn Durward —Dicen que entre sus mujeres hay algunos buenos ejemplares —dijo Guthrie—; pero eso lo sabe mejor Cunningham.
—¿Qué es eso, hermano? —dijo Cunningham—. Espero que no será un reproche.
—Le aseguro que no he querido hacerle ninguno —contestó Guthrie.
—Seré juzgado por la compañÃa —dijo Cunningham—. Dice Guthrie que yo, un caballero escocés que vivo en el seno de la Iglesia católica, tuve una amiga hermosa entre esas paganas asquerosas.
—Basta, basta —dijo Balafré—; sólo fue una broma. Que no haya peleas entre camaradas.
—Que no gasten entonces esas bromas —dijo Cunningham hablando en voz baja.
—¿Existen esos vagabundos en paÃses distintos a Francia? —dijo Lindesay.
—Desde luego; tribus de ellos han aparecido en Alemania, en España y en Inglaterra —contestó Balafré—. Por la protección del buen San Andrés Escocia se ve aún libre de ellos.
—Escocia —dijo Cunningham— es un paÃs demasiado frÃo para langostas y un paÃs muy pobre para ladrones.
—O quizá John Highlander no consentirá que prosperen más que sus ladrones —dijo Guthrie.