Quintín Durward

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Capítulo IX

La caza del jabalí

Hablaré con muchachos despreocupados

y tontos faltos de ingenio;

ninguno me mirará con ojos sospechosos.

Rey Ricardo.

A pesar de la experiencia que el cardenal tenía respecto al carácter de su rey no impidió que en la presente ocasión cometiese un gran error de política. Su vanidad le indujo a pensar que había tenido más éxito al conseguir del conde de Crèvecoeur que permaneciese en Tours que el que cualquier otro mediador del rey podía haber logrado. Y como sabía bien la importancia que Luis le daba a la evitación de una guerra con el duque de Borgoña, no pudo contenerse en demostrar que se había hecho la ilusión de haber prestado al rey un gran servicio. Se acercó a la persona del rey más de lo que tenía costumbre y trató de sacarle la conversación sobre los acontecimientos de la mañana.

Esto era improcedente por más de una razón, pues los príncipes no gustan de ver que sus súbditos se les acerquen con aire consciente de algún merecimiento, con lo que parecen deseosos de forzar una recompensa por sus servicios, y Luis, el monarca más celoso que se conoce, era particularmente contrario e inaccesible a cualquiera que pareciese, bien presumir por un servicio prestado, o bien atisbar en sus secretos.


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