Quintín Durward

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No obstante, inducido, como a veces sucede a los más cautos, por el humor satisfecho del momento, continuó el cardenal cabalgando a la mano derecha del rey, sacando la conversación, siempre que era posible, sobre Crèvecoeur y su embajada, lo que, aunque bien podía ser que fuese el asunto que más absorbiese los pensamientos del rey en aquellos momentos, era precisamente el que menos deseo tenía de que le hablasen. Por fin, Luis, que le había escuchado con atención, aunque sin dar ninguna respuesta que pudiese ser motivo de prolongar la conversación, hizo señas a Dunois, que cabalgaba no muy apartado, de que se colocase al otro lado de su caballo.

—Venimos aquí para hacer ejercicio y por deporte —dijo—; pero aquí, el reverendo padre, sería gustoso de que celebrásemos un Consejo de Estado.

—Espero que Su Majestad me dispensará de mi asistencia —dijo Dunois—. He nacido para luchar en las batallas de Francia, y tengo corazón y manos para ello; pero no tengo cabeza para sus Consejos.

—Mi lord cardenal no tiene cabeza para otra cosa, Dunois —contestó Luis—; ha confesado a Crèvecoeur en la puerta del castillo y nos ha comunicado toda su confesión. ¿No nos dijisteis toda? —continuó, con un énfasis de palabra y una mirada al cardenal que salió de entre sus largas y obscuras pestañas como los reflejos de una daga al salir de la vaina.


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