Quintín Durward

Quintín Durward

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El cardenal tembló cuando, tratando de replicar a la broma del rey, dijo:

—Que aunque su ministerio le obligaba a ocultar los secretos de sus penitentes en general, no había sigillum confessionis[26] para con Su Majestad.

—Y como su eminencia —dijo el rey— está dispuesto a comunicar los secretos de otros a nosotros, espera, naturalmente, que seamos igualmente comunicativos con él; y para lograr este recíproco trato, desea, muy razonablemente, saber si esas dos damas de Croye están actualmente en nuestro territorio. Siento no poder satisfacer su curiosidad, ya que yo mismo ignoro en qué sitio preciso se hallan esas damas errantes; esas princesas disfrazadas y condesas desgraciadas pueden estar acampadas en mis dominios, que son, gracias a Dios y a Nuestra Señora de Embrun, demasiado extensos para poder responder fácilmente a las preguntas tan razonables de su eminencia. Pero, suponiendo estuviesen con nosotros, ¿qué opinas, Dunois, de la perentoria petición de mi primo?

—Le contestaré, señor, si me dice con sinceridad si desea la paz o la guerra —replicó Dunois con una franqueza que, como procedía de su natural sinceridad e intrepidez de carácter, contribuía a granjearle el favoritismo de Luis, quien, como todas las personas astutas, deseaba tanto leer en los corazones de los demás como ocultar el suyo.


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