QuintÃn Durward
QuintÃn Durward —FÃjate —le dijo el rey imperativamente—, que nunca has abandonado tu puesto; que sea esa tu contestación a tu pariente y camaradas; y para refrescar tu memoria te doy esta cadena de oro —poniendo en su brazo una de valor considerable—. Y si cadenas como ésta no sujetan las lenguas para que no hablen demasiado, mi compadre L’Hermite tiene un amuleto para la garganta que nunca falla para realizar cierta cura. Y ahora, escucha. Nadie, excepto Oliver o yo, entra aquà esta tarde; pero vendrán señoras, quizá de una extremidad del hall, quizá del otro, quizá una de cada uno. Puedes contestar si se dirigen a ti; pero como estás de servicio, tu contestación debe ser breve. Pero escucha lo qua ellas digan. Tus oÃdos, como tus manos, son mÃos; te he comprado en cuerpo y alma. Por consiguiente, si escuchas algo de su conversación debes retenerla en la memoria hasta que me la comuniques, y después olvidarla. Y ahora que lo pienso mejor, puedes aparentar ser un recluta escocés que acaba de llegar de sus montañas y aun no conoce nuestro idioma. ¡Bien! AsÃ, si te hablan, no contestarás; esto te librará de apuros y les animará a hablar sin preocuparse de tu presencia. Ya me comprendes. Adiós. Ten cuidado, y ya sabes dónde tienes un amigo.