Quintín Durward
Quintín Durward Diciendo esto, abrió la visera de Orleáns y arrojó agua en su rostro, que le proporcionó el próximo lago.
Quintín Durward, mientras tanto, se quedó como petrificado; tan rápidas se sucedían las aventuras para él. Como las pálidas facciones de su primer contrincante le aseguraban había derribado al primer príncipe de sangre azul de Francia, y había contendido con su mejor campeón, el célebre Dunois, ambos hechos de por sí muy honrosos, aunque era cuestión diferente el asegurar si podían considerarse como buen servicio prestado al rey o estimado como tal por éste.
El duque había ya vuelto en sí y pudo sentarse y fijarse en lo que había pasado entre Dunois y Crawford, mientras el primero rogaba ansiosamente que no había por qué mezclar en el asunto el nombre del más noble Orleáns, ya que estaba dispuesto a aceptar toda la responsabilidad de lo sucedido y a confesar que el duque sólo había venido allí en calidad de amigo suyo.
Lord Crawford continuó escuchando con sus ojos fijos en el suelo, y de vez en cuando suspiraba y movía la cabeza. Por fin dijo, alzando la vista:
—Tú sabes, Dunois, que en nombre de tu padre, así como por ti, estoy bien dispuesto a prestarte un servicio.