Quintín Durward
Quintín Durward Durante la breve ceremonia el compañero de Durward parecía guardar la más estricta y escrupulosa atención, mientras Durward, no tan embebido en pensamientos religiosos, no podía por menos de reprocharse de haber tenido sospechas de un hombre tan bueno y humilde. Lejos de tenerle ya por un compañero y cómplice de ladrones, le faltaba poco para considerarle ahora como un santo.
Al terminar la misa se retiraron juntos de la capilla y el mayor dijo al joven camarada:
—Hay poco trecho desde aquí a la población; ahora puedes quebrantar tu ayuno con una conciencia tranquila; sígueme.
Volviendo a la derecha y siguiendo a lo largo de una senda que parecía gradualmente subir recomendó a su compañero que no abandonase por nada el sendero, sino que, al contrario, se mantuviese lo mejor que pudiese en el eje de él. Durward no pudo por menos de preguntar qué razones había para esta precaución.