Quintín Durward

Quintín Durward

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—Estás cerca de la corte, joven —contestó su guía—, y, Pasques dieu!, hay alguna diferencia entre pasear por esta región o en sus montañas llenas de brezos. Cada yarda de este terreno, excepto el sendero que seguimos, es peligroso y casi impracticable por estar lleno de trampas y cepos, provistas de hojas de guadaña, que siegan las piernas del pasajero desprevenido en un abrir y cerrar de ojos, y abrojos de hierro que atraviesan los pies, y hoyas lo bastante profundas para quedar para siempre enterrado en ellas, pues ahora te encuentras dentro del recinto de la posesión real y pronto veremos el frente del castillo.

—Si fuese yo rey de Francia —dijo el joven—, no me tomaría la molestia de instalar trampas y cepos, y en su lugar trataría de gobernar tan bien que ningún hombre se atreviese a acercarse a mi morada con mala intención; y para los que llegasen hasta ella en paz y buena voluntad, cuantos más fuesen más contento me pondría.

Su compañero miró a su alrededor con mirada de zozobra y alarma, y dijo:

—¡Cállate, cállate, mozo de la bolsa de terciopelo! Pues me olvidé decirte que uno de los peligros de estos contornos es que las propias hojas de los árboles tienen oídos que llevan al propio gabinete del rey todo lo que se habla.


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