Quintín Durward
Quintín Durward Resuelto esto, y con las precauciones que le habían enseñado las costumbres rústicas, nuestro amigo descendió hasta el cauce del arroyuelo, el cual variaba en profundidad, a veces cubriendo sus zapatos y llegando otras hasta sus rodillas, deslizando así su cuerpo oculto entre las ramas que colgaban sobre la orilla, y sus pasos amortiguados con el susurro del agua. Nosotros mismos, en tiempos pasados, nos aproximábamos así al nido del vigilante cuervo. De esta manera, el escocés pudo acercarse sin ser apercibido hasta el sitio en que se oían las voces de los que eran objeto de sus observaciones, aunque no podía distinguir las palabras. Como se hallaba bajo las ramas colgantes de un magnífico sauce llorón, el cual casi cubría la superficie del agua, cogió uno de sus troncos, y apoyándose en él con suma agilidad y destreza, se encaramó a la copa del árbol, sentándose en medio de las ramas, seguro de no ser descubierto.