QuintÃn Durward
QuintÃn Durward «Esto es una cita —pensó QuintÃn—; ¿cómo me acercaré lo bastante para oÃr cuanto pase? El ruido de mis pisadas y el crujir de las ramas que tengo que tronchar a mi paso, aunque sea cauto, pueden delatarme. Por San Andrés, que he de amortiguarlos como si fuera un ciervo de Glenvila; y sabrán que no me he criado en los bosques en balde. Allá se encuentran las dos sombras —y son dos—; llevan las de ganar si me descubren y no llevan buenos fines, como puede temerse, ¡y entonces la condesa Isabel pierde su pobre amigo! Bien. No merecerÃa llamarse asà si no estuviese dispuesto a luchar contra una docena por su causa. ¿No he luchado con Dunois, el mejor caballero de Francia, y voy a temer a una tribu de esos vagabundos? ¡Bah! Me encontrarán fuerte y precavido».