Quintín Durward
Quintín Durward Hallándose, afortunadamente, sin capote y sin armadura, el escocés de la montaña estaba libre para echar a correr con velocidad, en la cual no tenía rival en su propio país, y no obstante la marcha que llevaba el gitano, podía adelantarlo. Pero no era éste, sin embargo, el objeto de Quintín, pues consideraba más esencial vigilar los movimientos de Hayraddin que interrumpirlos. Quedó admirado de la seguridad y firmeza con que el gitano seguía su marcha, la cual continuaba con el mismo impulso, a pesar de la violenta expulsión sufrida; esto indicaba que su carrera iba guiada por motivo distinto del que podía esperarse en una persona arrojada inesperadamente de un buen alojamiento cerca de medianoche, o sea el de buscar un nuevo sitio de reposo. Ni siquiera miró atrás una sola vez, y Quintín pudo seguirle sin ser observado. Al fin, el gitano, habiendo atravesado la pradera, se detuvo al lado de un arroyuelo, cuyas orillas estaban pobladas de olmos y sauces. Quintín observó que continuaba parado y lanzaba un sonido grave con el cuerno, el cual fue contestado por un silbato a muy corta distancia.