Quintín Durward

Quintín Durward

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—Éste es —dijo— el sitio donde yo siempre estudio mis sermones, por ser el menos frecuentado por los extraños. Ahora voy a pronunciar uno en la capilla; si usted quiere puede favorecerme con su presencia. Me dicen que soy buen orador. ¡No es mía la gloria: cada cual tiene un don!

Quintín se excusó por esa tarde pretextando un gran dolor de cabeza, que con el aire libre se curaría mejor, y por fin partió el religioso, dejándole solo.

Puede imaginarse fácilmente que a la detenida inspección que ahora hacía a su gusto de todas las ventanas o huecos que miraban al jardín no podían escapar los huecos cerca de la puertecilla por la cual vio a Marthon dar entrada a Hayraddin, y que, según éste pretendía, conducía a las habitaciones de las condesas. Pero nada se movía ni se mostraba que pudiese impugnar o confirmar el cuento del bohemio, hasta que fue obscureciendo, y Quintín empezó a sospechar, sin saber por qué, que su estancia prolongada en el jardín podía ser objeto de enojo o sospecha.




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