Quintín Durward

Quintín Durward

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Cuando Durward descendió con su nuevo amigo al jardín, el último parecía un filósofo terreno enteramente dedicado a las cosas de la tierra; mientras que los ojos de Quintín, si no se dirigían al cielo como aquéllos de los astrólogos, erraban, al menos, alrededor de las ventanas, balcones y especialmente por las torrecillas, las cuales sobresalían por todas partes del antiguo castillo, para ver si por alguna de ellas descubría a su preferida.

Mientras tanto, el joven enamorado no prestaba apenas atención a la enumeración de plantas, hierbas y arbustos que el reverendo guía le señalaba, de las cuales una había sido escogida por su valor medicinal; otra, mejor aún, por proporcionar sabor favorable al potaje, y esta tercera, la mejor de todas, pues aunque no poseía mérito alguno, era extraordinariamente rara. Sin embargo, era necesario aparentar algún interés, lo cual encontraba el joven de suma dificultad, y más bien deseaba enviar al demonio al oficioso naturalista y todo el reino vegetal. Por fin, el sonido de una campana le libró del capellán, que partió a cumplir un deber de su cargo.

El reverendo hombre se excusó —innecesariamente— por tener que dejarle, y concluyó asegurándole que podía pasear por el jardín hasta la hora de cenar sin riesgo de ser molestado.


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