QuintÃn Durward
QuintÃn Durward —Eso era, desde luego, una antigua prohibición respecto al jardÃn privado del obispo; pero eso —añadió con una sonrisa— sucedÃa cuando nuestro reverendo padre era un prÃncipe y joven prelado, con no más de treinta años de edad, y cuando muchas hermosas damas frecuentaban el castillo buscando consuelos espirituales. Era, pues, necesario —dijo con mirada baja y sonriendo maliciosamente— que esas señoras, que sufrÃan preocupaciones de conciencia y que siempre se alojaban en las habitaciones que ahora ocupa la noble canonesa, tuviesen algún espacio seguro para tomar el aire, libre de la intromisión de profanos. Pero en estos últimos años —añadió— esta prohibición, aunque no ha sido formalmente derogada, no se observa en absoluto, y queda como una superstición en el cerebro de un jubilado ujier. Bajaremos ahora —continuó— y probaremos si el lugar sigue prohibido o no.
Nada podÃa ser más agradable a QuintÃn que el proyecto de entrar libremente en el jardÃn, dentro del cual, y si la suerte favorecÃa a su pasión, esperaba comunicar, o al menos obtener, algún indicio del objeto de su amor en alguna de aquellas torrecillas o balcón saledizo, similar al punto de vista que tuvo en la hosterÃa de La Fleur de Lys, cerca de Plessis, o La Torre del DelfÃn, dentro del castillo mismo. Isabel parecÃa estar destinada, cualquiera que fuese su alojamiento, a ser la Dama de la Torrecilla.