Quintín Durward

Quintín Durward

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—¡Mira a lo que conduce el ser demasiado arriesgado y tierno de corazón! ¡Ay! Perkin, ¡cuánto me ha costado el ser valiente y bondadoso! ¡Y cuánto voy a tener aún que sufrir por mis virtudes antes de que el cielo nos libre de este condenado castillo de Schonwaldt!

Mientras cruzaban los patios, aun llenos de cadáveres y moribundos, Quintín, que sostenía a Isabel a través de este escenario de horrores, le murmuró al oído frases de aliento y consuelo y le recordó que su salvación dependía exclusivamente de su firmeza y presencia de espíritu.

—No del mío, no del mío —dijo—, sino del de usted, del de usted. ¡Oh! ¡Pero si escapo de esta noche espantosa, nunca olvidaré a quién me salvó! ¡Un sólo favor, déjeme implorar que me lo conceda, por el recuerdo de su madre y el honor de su padre!

—¿Qué es lo que puede pedirme que pueda yo negar? —dijo Quintín en voz baja.

—Que hunda su daga en mi corazón —dijo ella— antes de dejarme cautiva en poder de estos monstruos.

La única respuesta de Quintín fue apretar la mano de la joven condesa, que parecía como si influida por el terror quisiese devolver la caricia. E inclinada en su joven protector penetró en el temido hall, precedida de Pavillon y su teniente y seguida de los kurschenshaft o curtidores, que acompañaban, como guardia de honor, al síndico.


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