Quintín Durward

Quintín Durward

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Quintín no pudo permanecer silencioso por más tiempo; pero le aseguró que cualquier peligro o daño que corriese por motivo de la joven dama, ahora bajo su protección, sería motivo de reconocimiento y, en lo posible, pagado.

—Se lo agradezco, joven escudero arquero, se lo agradezco —contestó el ciudadano de Lieja—; pero ¿quién le ha dicho que deseo ninguna clase de pago por cumplir con el deber de un hombre honrado? Sólo me lamento de que me pueda costar esto o lo otro, y espero poder tener permiso para decir lo que me parezca a mi teniente.

Quintín dedujo de esto que su amigo pertenecía a esa clase numerosa de bienhechores de la Humanidad que se cobraban en gruñidos, sin guiarles otra cosa, al publicar sus molestias, que la de exaltar la idea del valioso servicio prestado, y por eso permaneció prudentemente en silencio, y consintió que el síndico continuase comentando con su teniente el riesgo y las pérdidas a que se había visto expuesto por su celo por el bien público y sus desinteresados servicios a las personas hasta que llegaron a su casa.




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