Quintín Durward
Quintín Durward La verdad era que el honrado ciudadano sentía que había perdido un poco de importancia al consentir que el joven extranjero llevase la dirección de los acontecimientos en el hall del castillo de Schonwaldt, y aunque satisfecho con el efecto de la intervención de Durward en el momento, le parecía, al reflexionar, que había sufrido una disminución de prestigio, por lo que trató de lograr una compensación exagerando los derechos que tenía para la gratitud de su país en general, de sus amigos en particular, y más especialmente de la condesa de Troye y su joven protector.
Pero cuando el bote se detuvo en el fondo de su jardín y fue ayudado a desembarcar por Pedro, pareció como si al contacto con su casa se disipasen, desde luego, aquellos sentimientos heridos de opinión propia, y se convirtiese el obscuro y descontento demagogo en el patrón honrado, amable, hospitalario y amigo; llamó en alta voz a Trudchen, que apareció en seguida, pues el temor y la ansiedad habían sido causa de que muy pocos durmiesen aquella memorable noche en Lieja. Le recomendó que dedicase toda su atención al cuidado de la hermosa y medio desmayada forastera, y admirando sus encantos personales, mientras compadecía su desgracia, Gertrudis desempeñó su hospitalario deber con el celo y el afecto de una hermana.