Quintín Durward

Quintín Durward

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Aunque era tarde y el síndico estaba fatigado, Quintín, por su parte, no pudo rehusar el ofrecimiento de un frasco de vino escogido y costoso, tan viejo como la batalla de Azincour, y hubiera tenido que someterse a participar de él, aunque involuntariamente, de no haberse presentado la madre de la familia, a quien Pavillon llamó en alta voz para que trajese de su alcoba las llaves de la bodega. Era una mujercilla alegre, que había sido bonita en su tiempo, pero cuya principal característica, desde hacía años, había sido una nariz roja y afilada, una voz chillona, y su determinación de que el síndico, por lo mismo que ejercía en el exterior su autoridad, debía permanecer en casa bajo la debida disciplina.

Tan pronto se percató de la naturaleza del debate entre su marido y su huésped, declaró ella rotundamente que el primero, en vez de buscar ocasión para más vino, había bebido ya demasiado; y lejos de utilizar, correspondiendo a su ruego, ninguno de los manojos grandes de llaves que colgaban de una cadena de plata de su cintura, le volvió la espalda sin más ceremonia y acompañó a Quintín al lindo y confortable aposento en donde debía pasar la noche, rodeado de tal confort como hasta ahora era probable que desconociese: en tanto exceden los poderosos flamencos no sólo a los pobres y rudos escoceses, sino a los mismos franceses, en todas las comodidades de la vida doméstica.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker