Quintín Durward

Quintín Durward

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Capítulo XXIII

La huida

Ahora pídeme que corra,

y me esforzaré en cosas imposibles,

para sacar el mejor partido de ellas.

Ponte en pie,

y con corazón enardecido

te seguiré para hacer no sé qué.

Julio Cesar.

A pesar de la mezcla de temor y alegría, duda, ansiedad y otras pasiones, la fatiga agotadora del día anterior fue lo suficiente para sumir al joven escocés en un profundo sueño, que duró hasta avanzado el día siguiente, en que su digno anfitrión penetró en su aposento con señales de preocupación en su rostro.

Se sentó junto a la cama de su huésped y comenzó un largo y complicado discurso sobre los deberes domésticos de la vida matrimonial, y especialmente sobre la autoridad y supremacía que los hombres casados deben sostener en todas las diferencias de criterio con sus esposas. Quintín escuchó con alguna ansiedad. Sabía que los maridos, como otros poderes beligerantes, estaban dispuestos a veces a cantar Tedeum y a ocultar más bien un defecto que a celebrar una victoria, y se precipitó a sondear el asunto más de cerca, «esperando que su llegada no habría sido acompañada de inconveniente para la buena señora de la casa».


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