QuintÃn Durward
QuintÃn Durward —¡Inconveniente! No —contestó el burgomaestre—. Ninguna mujer puede ser cogida menos desprevenida que madre Mabel, siempre feliz de ver a sus amigos, siempre con una limpia habitación y una buena comida dispuesta para ellos, gracias a Dios. No hay mujer en la tierra que sea más hospitalaria; sólo es una lástima que su carácter sea a veces algo raro.
—¿Nuestra estancia aquà le es desagradable, en suma? —dijo el escocés saltando de la cama y comenzando a vestirse de prisa. Si estuviese seguro que lady Isabel estaba en condiciones de viajar después de los horrores de la última noche, no aumentarÃamos la ofensa permaneciendo aquà ni un instante más.
—Eso es precisamente —dijo Pavillon— lo que la joven dama dijo a madre Mabel, y desearÃa que hubiera visto el color que se le subió a la cara mientras lo decÃa: una lechera que hubiese patinado durante varias millas, de cara al viento helado, para ir al mercado, es una azucena comparada con ella.
—¿Ha salido, pues, de su habitación lady Isabel? —dijo el joven, continuando su tarea de vestirse con más prontitud que antes.
—Sà —replicó Pavillon—, y espera su presencia con mucha impaciencia para determinar qué camino seguirá usted, ya que ambos están decididos a marchar. Pero ¿confÃo en que se detendrán a almorzar?