QuintÃn Durward
QuintÃn Durward SerÃan las dos de la tarde cuando se alarmaron al oÃr al guÃa decirles, con palidez y temor reflejados en el rostro, que les perseguÃa una cuadrilla de los Schwarzreiters de De la Marck. Estos soldados, o más bien bandidos, eran bandas reclutadas en las bajas esferas de Alemania, y se asemejaban a los lansquenetes en todo, excepto en que los primeros actuaban con caballerÃa ligera. Para justificar el tÃtulo de Jinetes negros, y para aumentar el terror que producÃan en sus enemigos, cabalgaban de ordinario en corceles negros y untaban de ungüento negro sus armas y pertrechos, en cuya operación participaban con frecuencia sus manos y sus caras. En moral y ferocidad emulaban estos Schwarzreiters a sus hermanos a pie los lanzknechts[54].
Al mirar hacia atrás y descubrir a lo largo de camino llano que habÃan recorrido una nube de polvo que avanzaba, producida por una o dos partidas de tropas que cabalgaban furiosamente, QuintÃn dijo a su compañera:
—Mi amiga Isabel, no tengo más arma que mi espada; pero ya que no puedo luchar por usted, huiremos juntos. Si logramos alcanzar aquel bosque ante nosotros, encontraremos medios fáciles para huir.
—Podemos intentarlo, mi único amigo —dijo Isabel poniendo su caballo al galope—; y tú buen compañero —añadió dirigiéndose a Hans Glover—, márchate por otro camino para que no participes de nuestra desgracia y peligro.