Quintín Durward
Quintín Durward El honrado flamenco movió su cabeza y contestó a la generosa exhortación de ella con:
—¡Nein, Nein!; das geht nicht![55], y continuó acompañándoles, los tres cabalgando en busca de la protección del bosque todo lo de prisa que sus jadeantes caballos podían ir, perseguidos al mismo tiempo por los Schwarzreites, que aceleraron su marcha al verles huir. No obstante la fatiga de sus caballos, como los fugitivos se encontraban desarmados y podían cabalgar más de prisa, por consiguiente, que sus perseguidores, llevaban esta ventaja sobre éstos, pero cuando faltaba un cuarto de milla para llegar al bosque, vieron avanzar hacia ellos, procedente de éste, otra cuadrilla de jinetes, a cuyo frente iba un caballero con un pendón, con lo que su fuga quedaba interceptada.
—Llevan armaduras brillantes —dijo Isabel—; deben de ser borgoñeses. Pero sea lo que fueren, debemos entregarnos a ellos antes que a esos malandrines fuera de la ley que nos persiguen.
Un momento después exclamó ella fijándose en el pendón:
—¡Conozco el corazón partido que ostenta! ¡Es el estandarte del conde de Crèvecoeur, un noble borgoñés; a él me rendiré!