Quintín Durward

Quintín Durward

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Quintín Durward suspiró. ¿Pero qué otra alternativa le quedaba? ¿Y qué feliz hubiera sido un momento antes de tener sólo la seguridad del escape de Isabel, aun en peores condiciones? Pronto se encontraron con los de la partida de Crèvecoeur, y la condesa pidió hablar con el jefe de la misma, que había mandado detener su gente hasta cerciorarse de ser los Jinetes negros los que se veían en lontananza; como él la mirase con cierta duda, dijo ella:

—Noble conde, Isabel de Croye, la hija de su antiguo compañero de armas, el conde Reinaldo de Croye, se entrega y pide protección para ella y los suyos.

—La tendrás, querida parienta, aunque fuese contra una hueste, siempre exceptuando a mi soberano el señor de Borgoña. Pero disponemos de poco tiempo para hablar. Los enemigos se han detenido como en consulta del caso. ¡Por San Jorge de Borgoña, tienen la insolencia de avanzar contra la insignia de Crèvecoeur! Damián, mi lanza. ¡Adelante, pendón! Poned las lanzas en posición de ataque. ¡Crèvecoeur, a la carga!

Lanzando su grito de guerra, y seguido por sus guerreros, galopó rápidamente para cargar a los Jinetes negros.


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