Quintín Durward
Quintín Durward La rendición
Rescatado o no, señor caballero, soy vuestro cautivo;
tráteme como su nobleza le sugiera…
Piense que la suerte de la guerra
puede colocarle un día
en mi situación actual,
en la lista de melancólicos prisioneros.
Anónimo.
La escaramuza entre los Schwarzreiters y los soldados borgoñeses duró escasamente cinco minutos, pues bastó ese poco tiempo para que los primeros resultasen derrotados, tal era la superioridad de los segundos en armaduras, tamaño de caballos y espíritu militar. En menos tiempo del que se tarda en decirlo, el conde de Crèvecoeur, enjugando la sangre de su espada en las crines de su caballo antes de envainarla, volvió al lindero del bosque, en donde Isabel había permanecido como espectadora del combate. Parte de su gente le siguió, mientras el resto continuó persiguiendo durante algún tiempo al enemigo, que huía por un camino lateral.
—Es una lástima —dijo el conde— que las armas de los nobles y caballeros se manchen con la sangre de esos cerdos brutales.
Después de decir esto metió su arma en su vaina y añadió: