Quintín Durward

Quintín Durward

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Carlos de Borgoña, el más ligero e impaciente, el príncipe más imprudente de su tiempo, se encontró, sin embargo, cohibido dentro del mágico círculo que le prescribía la más profunda deferencia con Luis, como su soberano y señor, que se había dignado conferirle, vasallo de su corona, el distinguido honor de una visita personal. Ataviado con su manto ducal, y acompañado de sus altos empleados y principales nobles y caballeros, salió en brillante cabalgata a recibir a Luis XI. Su comitiva lucía con el oro y la plata que ostentaba, pues exhausta la riqueza de la corte de Inglaterra por las guerras con York y Lancaster, y limitado el gasto de la de Francia por la economía que practicaba su soberano, quedaba la de Borgoña como la más magnífica de Europa en aquel tiempo. El cortège de Luis, por el contrario, era poco numeroso y comparativamente humilde de apariencia, y el aspecto del mismo rey, en casaca raída, con su acostumbrado sombrero viejo y alto lleno de imágenes, hacían más evidente el contraste, y cuando el duque, ricamente ataviado con la corona y el mando de corte, se apeó de su noble corcel y, arrodillándose sobre una rodilla, se ofreció a sostener el estribo mientras Luis desmontaba de su pequeño caballo, el efecto fue casi grotesco.




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