Quintín Durward

Quintín Durward

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El saludo entre los dos potentados estuvo, como era natural, lleno de afectada amabilidad, por lo mismo que estaba totalmente desprovisto de sinceridad. Pero el temperamento del duque hacían mucho más difícil para él el conservar las necesarias apariencias, en voz, modo de hablar y modales, mientras en el rey todo disimulo y fingimiento parecían formar parte tal de su naturaleza, que aquéllos más familiarizados con él no hubieran podido distinguir lo fingido de lo real.

Quizá la comparación más exacta, de no ser indigna de esos dos altos potentados, sería suponer al rey en la situación de un forastero, conocedor perfecto de las costumbres y disposiciones de la raza canina, el cual, para algún fin suyo, desea hacer amistad con un grande y fiero mastín, al que le es sospechoso y que está dispuesto a acometerle a los primeros síntomas, bien de desconfianza o de resentimiento. El mastín gruñe en su fuero interno, se la ponen los pelos de punta, enseña los dientes y, sin embargo, se avergüenza de precipitarse sobre el intruso, que resulta ser, a la vez, persona tan amable y de tanta confianza que el animal soporta avances que no le tranquilizan en modo alguno, vigilando al mismo tiempo la menor oportunidad que pueda justificar a sus propios ojos el coger a su amigo por el cuello.


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